miércoles, 25 de enero de 2012

Extrañando a Kissinger, Etgar Keret


Bolaño ya había escrito y conversado sobre lo absurdo de la esperanza de perdurar cuando se habla de literatura. Las intenciones de hacerlo deben morir, junto con otras regiones del ego, cuando se pretende ser escritor. Esta muerte del amor propio, o digámoslo mejor: del amor por la obra propia, es el primer momento de la génesis poética para Bloom, quien decía que si la tradición literaria universal representa un paraíso, el poeta debe de caer del cielo y descender hacia el infierno. Pero sobre todo, debe darse cuenta de que está en el infierno, y tratar de superar a Satanás.
Pensé todo eso a raíz de que en la contratapa de Extrañando a Kissinger, el comentarista afirma que “Etgar Keret promete ser uno de esos escritores entrañables que perdurarán a lo largo de los tiempos”. Hacer una afirmación de este tipo es jugar con fuego, pero no jugar con carteritas de fósforos o juegos artificiales, sino jugar con lanzallamas con el piso cubierto de gasolina. Lo que más escalofríos da es eso de ‘a lo largo de los tiempos’.
A pesar de este comentario, el texto, que es el primero que leo de Keret, es admirable. La construcción de sus relatos no deja espacio para la meditación sobre su trama. Las acciones se construyen en el cerebro del lector sin ninguna reflexión, y son contundentes. No dejan espacio para pensar sino cuando el relato ha terminado. Su primer afán es sorprender, confundir, poner a pensar. Y lo logra de forma magistral. Luego, de esa masa caótica que espera ser comprendida en la memoria inmediata, comienzan a salir imágenes violentas y aterradoras.
Keret pone a la luz, de frente, sin ninguna barrera, las confrontaciones morales. Confrontaciones de las que sin importar quién gane, siempre pierde la dignidad. Cuya desvalorización es una constante en el transcurso de la historia reciente.
La reducción del relato no es un asunto nuevo. De hecho, podríamos pensar en autores como Kafka (que definitivamente perdurará, ya lo hizo) o Svevo (que no lo hará, ya ha sido olvidado). Con el testimonio que se reúne en Extrañando a Kissinger (título que hace pensar en Beckett), considero que Keret es un maestro del género en la actualidad. En relatos de una página o dos, el autor es capaz de confrontar tramas y hacerlas converger en un tema determinado. Sus personajes actúan guiados por una conciencia interna compleja, que sólo podemos intuir en base a la información que el narrador accede a darnos. En Extrañando a Kissinger aparece un ángel impostor que muere al caer empujado desde un quinto piso y es incapaz de volar. Aparece un limpiaombligos. Un mago que sin saber cómo explicárselo, saca de su sombrero un conejo decapitado y el cadáver de un bebé. Dos niños que buscan bajo tierra huevos de dinosaurio, para empollarlos y tener su dinosaurio personal para ir al colegio. Una novia que le pide a su amante el corazón de su madre como prueba de amor.
Algunos relatos están construidos con los recuerdos de una infancia demasiado lúcida, pero inocente. Algunos otros están construidos sobre temas muy actuales, como el conflicto árabe-israelí, pero desde la perspectiva más confusa de la conciencia. Y algunos son verdaderas obras maestras, como Buenas intenciones y Mi hermano está deprimido. El primero se adentra en las reflexiones de un asesino a sueldo, a quien se le pide matar a un premio Nobel de la paz que lo había salvado del infierno, cuando era niño. El otro trata sobre un conflicto personal narrado en primera persona, por el hermano de un estudiante frustrado.
Etgar Keret, nacido en Tel Aviv en 1967, ofrece, con Extrañando a Kissinger, una obra maestra del relato corto contemporáneo. Definitivamente no sé si perdurará o no. El placer de la literatura es fugaz, como los relatos de Keret, y él lo sabe. Sabe que ha caído del cielo y por eso la calidad de sus textos refleja el esfuerzo asiduo de la escritura.

Keret, Etgar (2006). Extrañando a Kissinger. Editorial sexto piso, México DF. Trad. de Ana María Bejarano.

martes, 17 de enero de 2012

dos poemas


1.

Quisiera poder atravesar el pecho con las uñas y sacar de mí esta enfermedad.
Arrojarla como una masa desastrosa sobre la página blanca.
Y decir: “Esto es todo lo que tengo por ofrecer”
“Esta página con la calamidad caótica de mi espíritu”.

2.

Espero la “poética resurrección de las cenizas”
Y los labios de ella.
Esta tarde sólo existe la música.
Imagen:

Hieronymus Bosch (El Bosco). La extracción de la piedra de locura. Siglo XV.

lunes, 9 de enero de 2012

Último viernes, Elena Salamanca


Los relatos reunidos en Último viernes de Elena Salamanca están construidos sobre un hecho real. Un momento con una terrible carga de realidad dentro un contexto que parece más bien surrealista. El resultado es la misma distorsión a la que apostaban los pintores expresionistas. Los tres primeros relatos, agrupados en la sección ‘Última época’ son eso: cuadros surrealistas que intensifican un detalle. El fragmento de una realidad visto con lupa. Un acontecimiento crucial, capaz de cambiar una vida. 
Los tres primeros relatos son también los mejor logrados técnicamente. Las digresiones narrativas y de puntos de vista agilizan el desarrollo de los acontecimientos. Hacen que los hechos sean conocidos dentro de un plano cerebral oscuro, intuitivo. En ellos, la distancia es crucial. La distancia que establecen los personajes respecto al mundo como un hecho trivial. Ajeno a sus conciencias.
El relato que titula el libro narra la situación de una mujer que vive en una pobreza extrema. Tan extrema que ha perdido su capacidad reproducirse. Es estéril, como la tierra del pueblo en el que vive. Su esposo la ha abandonado por emigrar hacia la capital. Uno logra observar a la muerte, tanto de la narradora como de la tierra sobre la que vende refrescos, mientras la visita un hombre en un carro negro y enorme que llega a presenciar la procesión del Santo Entierro. Ese ritual que celebra la muerte siempre los últimos viernes del mundo.
El segundo relato, Certezas de él, presenta a una mujer que peregrina por la insistencia de su pareja de un médico a otro. Tras una interminable serie de exámenes clínicos que no logran concluir nada, ella insistía en lo que tenía era un hombre. Una enfermedad que sólo fue capaz de curar ella misma en el plano idealizado del relato. 
Es agradable encontrar un buen libro de relatos por mero azar. Más si se trata de un libro de relatos como Último viernes: escrito con toda la fuerza y la energía de una juventud inconforme. Un libro escrito con esfuerzo y tiempo. 
Salamanca, Elena (2008). Último viernes. Concultura, San Salvador.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Música rara, XVII


Recuerdo o imagino a Leopoldo María Panero sentado sobre la lluvia
O sobre un corcel de plata. Seguramente en un sueño.
Disparando contra la cordura y los milagros.
Esa vez, Panero me pregunta si sé qué es la verdad. Le
Respondo que las únicas verdades que existen
Son la certeza del pensamiento y la muerte.
Te daré una lección sobre la verdad, me dice. Y atravesamos
Un espacio plano con un poco de llano crecido sobre el manto del suelo.
En el fondo no pienso en ninguna cosa.
Sólo veo las patas del caballo machucar la yerba
Y atravesar como una bala el campo ancho y grande.
Luego entramos a una casa con un jardín lleno de esculturas.
En el centro hay un tigre precolombino.
Es enorme.  Nos bajamos del caballo justo enfrente de él
Y Panero saca un revólver de su saco. Luego apunta contra el tigre
Y comienza a disparar como un verdadero poeta.
Como un poeta que no es ni español, ni francés ni norteamericano.
Un poeta simplemente, nacido entre las convulsiones de un mundo
Que sufre un paro cardiaco. Los disparos se estrellan en la roca
Y hacen agujeros enormes. Como si fueran pequeños misiles de artillería.
Entramos a la casa que en realidad es una cueva con una mesa
En medio de la sala. Sin espacio para sentarse.
Tengo miedo de hablar, él se sirve un vaso de Coca cola.
“Debo irme ahora”, logro decirle. Él no responde
Yo salgo corriendo. Cruzo la puerta que da al jardín confuso
Donde ya no existe ningún tigre. En su lugar hay un bulto de ripio
y de piedras hechas pedazos.
(Tampoco tú existes en el jardín).
Me arrodillo a buscar entre los escombros
y descubro mi rostro entre las piedras.

Imagen: Leopoldo María Panero

jueves, 8 de diciembre de 2011

Radiografías (René Morales Hernández, 2010)


La vocación de quedarse contra la de irse. La vocación de estar cerca y sentirse otro. De temer al extraño que existe cuando se está solo: la conciencia del otro. Ese que no conocemos. El que tenemos la oportunidad de crear en los sitios donde nadie nos conoce. Cuando la geografía más cercana desaparece y sólo queda el fondo: lo que no se puede ver sino a través de una lectura en rayos X de la presencia. El afán por la permanencia de un personaje que no pertenece a ningún sitio. El influjo de un espacio gris que respira la miseria de los días solitarios en lugares desconocidos.  
Radiografías de René Morales Hernández es el retrato de un viajero fragmentado en los sitios. Un libro de terror e insomnio: está plagado de bestias sibilantes o una sola. Un solo animal endémico que desfallece en su ira, en su impotencia, en su angustia. En la derrota de la furia a manos de la ciudad que no duerme.  Es el retrato del lado doloroso y oscuro de lugares tan difusos como el imaginario mismo. La debacle del mundo a través de la contemplación de las horas amargas de las madrugadas de ciudades sin fe. La respiración jadeante de las calles cuando el habitante de la noche comienza a arrepentirse de sus debilidades.
Hay la cordura de un grito desesperado. La plegaria de un alma que cae hacia el vacío mientras se da cuenta de que nadie la escucha. El poeta camina por las estaciones del metro, espera en las paradas de bus, en los parques, los aeropuertos, las barriadas marginales. Siempre con valor. Sin esperanza.

René Morales Hernández (2010). Radiografías. catafixia editorial. colección latina.
Imagen: Revista Luna Park

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?


Sueñan los androides con ovejas eléctricas es una novela terriblemente triste.  Es la visión caótica de la degradación humana: luego de haber enfrentado una Guerra Mundial Terminal, la gente juega a sobrevivir en lo que queda de un planeta destruido. La certeza de la extinción de la especie se vuelve una forma cotidiana de vida. Una vida como un arácnido con la mitad de sus patas amputadas, que suplica a los androides la oportunidad de vivir.

 Quienes se quedaron en la tierra y no emigraron a Marte construyen su cotidianidad dentro una farsa: su ciudad, su trabajo, su religión: su existencia. En esa realidad, el androide es la consciencia del otro: el más pragmático de los sustitutos de lo humano. Al igual que el maniquí y el espantapájaros, el androide tiene esa inquietante actitud de inconsciencia condenatoria.

En este contexto, Rick Deckart es un cazador de bonificaciones: un policía que se dedica a matar androides “ilegales” en su distrito, para cobrar una recompensa.

Desde la interrogante del título, la obra supone la asimilación del otro. El cuestionamiento surge como un discurso apologético que justifica la existencia del ser humano con su capacidad de soñar. Pero, ¿sueñan también ellos? Uno de los capítulos que mejor representa esta pregunta es la escena en la que Rick Deckart tiene relaciones sexuales con Rachael Rosen: la androide que finalmente mata a la cabra nubia de Rick. Símbolo de la carcajada con la que lo artificial celebra su victoria sobre lo humano.
La posesión de animales en el futuro de Dick es un indicador del nivel socioeconómico de las personas. El anhela de alimentar a un perro real, a una vaca, a un insecto. Además de ostentar un indicador de clase, esa es la forma en la que los humanos manifiestan su entonces patético aprecio a la vida.

sábado, 27 de agosto de 2011

Los demonios de Urbina (piezas sueltas)

3.

Aquí están los locos, quemándose

sin que sus gritos se escuchen como la voz

que clamó en el desierto de los locos.

Aquí están los locos diciendo lo que ellos

no escucharon. Aquí el calendario

con números rojos señalando la fecha

en que descenderá Dios

para martillar los clavos de las cruces

que lloverán sobre los últimos días.

Aquí estamos sólo gritando por el

fuego de la demencia que nos une. Baja, Dios:

el infierno está vacío.

9.

Los elefantes despejan el camino que conduce al acantilado.

Los sigue con los ojos vendados. La canción se pierde entre el estrépito y el miedo.

Recuerda que ninguna palabra es suficiente para interrumpir el camino de las hormigas

que devoran al incauto que envejeció sin salirse del pasto caníbal.

Alto, grita y la muerte le duele tanto menos.

Entonces recuerda los pasos de ella tras los elefantes del primer hombre marchando hacia el acantilado.

Tranquilo. Dios nunca volverá a destruir estas tierras.

En cambio, crecerá asfalto.

Flores de concreto y mujeres falsas.

Hombres plásticos. Jardines llenos de falos enormes de cristal y hormigo.

“Edificios de mil ventanas se alzarán resplandecientes”

Ese será su infierno.


10.

No nos hemos arrodillado ante el abismo

por temor a Dios. El abismo nos llama

porque estamos solos y los caballos

atraviesan furiosos un campo plano.

No. El abismo no es nuestro padre

sino nuestro único destino fiel. Nuestra palabra

despojada de los murmullos de los hombres.

El abismo no es nuestro padre

sino nuestro único amante.

Imagen: The Flatiron, Edward Steichen

sábado, 13 de agosto de 2011

Un día fuiste otra Magdalena

Un día fuiste otra Magdalena. Estuviste entre mis brazos que dormían y te llamé por un nombre que no es tuyo. Te dije Magda y hoy no recuerdo cómo te llamas pero se atraviesa en la vida una mujer y un niño dentro de mí se estremece: ella es Magdalena. Magda viendo la luna. Una vez pensé en eso aunque jamás existió luna ni ángel para celebrar tu silencio entre nosotros. Sólo tu risa existía en este valle coronado por la espuma y la miel que saboreamos de la angustia. Sólo tu risa poblaba el silencio con que yo respondía ante el mundo como un ladrón que roba la paz que no puede pertenecerle. Sólo tu risa de Magdalena en este valle de lágrimas y silencio.

domingo, 31 de julio de 2011

Madre, algún día me esperarás azul sobre los últimos inviernos de esta ciudad maldita, y yo me habré ido. Entonces el sol tendrá más fuerza para quemar los recuerdos felices de la infancia y sus labios, con el ímpetu de un corcel enorme, servirán para borrar otras promesas.
Imagen: Edward Steichen

domingo, 3 de julio de 2011

Sólo una vez sentí el frío del invierno

Sólo una vez sentí el frío del invierno sin mácula. Caminaba de regreso a mi infancia y ahí estaba. Con la sonrisa blanca con que saludaba a los viajeros noctámbulos y desamparados. Así era como él se vengaba de la noche desierta. De la distancia recorrida sin paz ni hijos ni mujer y llegaba, primero tenue. Luego como agujas enterrándose en los párpados a recordar el pasado. Como un ejercicio siniestro en el que se juega a perder. Sólo una vez sentí el frío del invierno.

Imagen tomada de Los sueños de Akira Kurosawa