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jueves, 1 de octubre de 2009

Intruso

La habitación parece estar vacía. El techo la hace parecer más pequeña. El tambor pálido de la lluvia. La tarde cae. Sobre el escritorio se apilaban unos libros: La invención de Morel, Poemas de Miguel Hernández, El arte de la fuga y Maqroll. A excepción de un libro de Valéry, todos eran de autores nacidos en América Latina, como él, pensó Juan. Siguió caminando, bastaba recorrer con paso lento los tres metros que la comprendían. La computadora tenía polvo. No había llegado allí a encender la computadora ni a leer los títulos de los libros, así que se sentó sin mirar para atrás. Tenía hambre, pero recordó que el hambre era necesaria. Sintió un hálito de vida bajo sus pies. Le vino a la cabeza algo que había leído en un libro de cuentos de Saroyan: “Todas las cosas eternas en nuestras palabras”. Eso le hizo pensar en algo parecido a la felicidad, una felicidad inconcreta. Irreal. Casi inexistente. Al ahondar mucho, mucho dentro del hambre quizá se había concretado un poco de comprensión. No había que perder el tiempo. Sin embargo, abrió uno de los libros que no podía comprar. Se sentó. En el suelo había una pequeña pila de periódicos tan recientes como viejos. Las noticias no eran indiferentes, sino que estaban lejos de la verdadera realidad. Lejos de cualquier cosa que pudiera importar. Vio el reloj: ya quedaba poco tiempo así que se decidió a hacerlo de una vez. “nunca más” pensó, pero sintió los pasos de alguien que se aproximaba tras la puerta: ya no podía hacer nada. Los segundos subsecuentes fueron confusos. Sintió aproximarse los pasos, el dueño seguramente metía la llave en el cerrojo. Al voltear, la puerta ya estaba abierta y su rostro, imponente, se dibujaba con un gesto parecido a una sonrisa.

domingo, 14 de junio de 2009

Temporada de béisbol


“¡Comenzó la temporada de Beis!”, me dijo con un brillo inexorable en los ojos un amigo que seguramente no sabe lo que para mí significa ese deporte que nunca he entendido del todo y por culpa del cual salgo tarde los fines de semana que estoy de turno en el periódico; y que aparte me valió muchas decepciones en el colegio que fueron de alguna forma causantes de cierto temor deportivo que conservo, porque no podía con la fuerza que le daba al bate y generalmente luego de que hacía el movimiento abrupto con el que la pelota nunca salía impulsada poéticamente por los aires, éste salía volando hacia atrás, o adelante o hacia el ‘pitcher’, quien seguramente pensaba que mi intención era matarlo y no darle a la pelotita y hacer ganar de forma heroica a mi equipo, cuya victoria en realidad me importaba muy poco en la mayoría de los casos. Prefiero evitar la descripción de mi actuación cuando el equipo defendía.

Los fanáticos del deporte, en cambio, me caen muy bien. Es fácil conversar con ellos y cuando uno toca el tema que les gusta, generalmente entabla una plática monologada muy amena y deliberada en la que las intervenciones propias se remiten a afirmar con una sonrisa: “sí vos, ese cuate es bueno”, o aprendiendo expresiones propias del argot beisbolero: “sí vos, la mandó a la mierda (refiriéndose a la pelota, claro)”, o “tiene buen brazo”, etcétera. Después de lo cual uno puede saltar con extraña libertad a cualquier otro tema.

Lo “bueno” de la temporada de beis es que en lo que termina el partido uno puede escribirle a viejos amigos o estar al día con las actividades culturales (a las que no se puede asistir por esperar el resultado de los partidos), o engrosar la lista de “libros que compraré luego de sacarme la lotería”. Además, da tiempo para pensar que se olvidó en casa la poesía completa de Caeiro, razón por la cual uno tiene que conformarse leyendo revistas en internet o ‘e-books’ con los que nunca se logra la constancia deseada. Espero que este partido termine pronto.

martes, 24 de febrero de 2009

Un buen viento derribaría esos árboles



Edward Munch, "Mujer en la ribera del río"

El reflejo del sol sobre el mar hacía que sus ojos se vieran más claros. No supe nunca si en realidad eran verdes o amarillos. No fumaba, pero encendió un cigarro con una tos violenta. –Un buen viento derribaría esos árboles–, dijo. Me di cuenta que no existía nada que impidiera que eso sucediera. Aunque no me importó mucho. Le pregunté que cuánto tiempo llevaba viviendo en la isla. Me vio a los ojos, como si quisiera hacer énfasis en la seriedad de su respuesta: –vi una vez cómo un árbol cayó sobre un carro, toda la gente gritaba bajo la lluvia, pero el piloto no murió–. Dejó de verme y fumó con mucha propiedad. –No recuerdo, fue hace mucho que vine–. Pensé que era difícil encontrar en el escaso mundo de conocidos alguien con esos ojos. –En realidad recuerdo, pero no quiero decirte. Fue hace mucho. Sería tonto que no recordara–.
Entonces yo me hubiera abalanzado sobre ella para abrazarla, y para sentir mi peso contra el suyo en la arena. En vez de eso pregunté por qué los libros eran tan baratos allí y me volvió a ver a los ojos, como haciéndome sentir lo tonto que era para desviar una conversación. Una imagen que por un momento se puso frente a los dos. Un pequeño sueño. El sol sobre el mar daba un color extraño a sus ojos.

miércoles, 4 de febrero de 2009



Un susurro. Una noche blanca, del mismo color del cadáver del centro de la sala. Sí. Un cadáver blanco en el centro de la sala. Como recién maquillado. Como recién inventado por una imaginación carente del sentido del fracaso. Todos voltean. Todos saben que no existe, y sin embargo ahí esta, acompañando las copas que se chocan entre risas estúpidas e historias de ese bar oscuro. La invención del cerebro de un niño temeroso de la muerte.

Todo sucede en la orilla de la mitad de la noche. Lam pega un jalón al cigarro y dice que se refugiará entre los libros. Entre las películas y los libros para no verla. La música deja poco espacio a la conversación. Una señora gorda baila con un joven borracho que despertará al día siguiente muy arrepentido. Lam confiesa que se gastó su indemnización en comprar libros nuevos de Bolaño y de Pessoa. Preguntan qué leo. Poco, como siempre. Faulkner, los diarios de Kafka, una obra perdida de Flaubert. El último libro que Flaubert dejó inconcluso. Zam se para en la mesa. Las señoras que están en la barra voltean a ver sólo un momento, y siguen bebiendo. Comienza a decir de memoria un poema de Mallarmé. Yo pienso que esa imagen ya se ha repetido varias veces. Los detectives, Los perros románticos, ambos libros de Bolaño. Un tipo del tamaño de una pared nos pide que nos vayamos. Pagamos la cuenta y salimos del bar, como tres hombres borrachos que no esperan nada de su vida. Alguien dijo que fuéramos a otro lado y vamos, compramos más cerveza (aún más cerveza) para continuar hablando de lo bueno que es Bukowski cuando uno está sentimentalmente alterado. Me fijo en los pies de la una chica que camina con sus amigos al otro lado de la calle. El acompañante se me queda viendo furioso y se aproxima a mí. Los tres estamos borrachísimos, esperando como espartanos fracasados a que los tipos lleguen. Esperando a que un guardaespaldas nos apunte al pecho sin que nos inmutemos. Esperamos la oportunidad para reírnos de la muerte.

Encontramos el cadáver de nuevo. Frente a nosotros un hombre muerto comienza a llenarse de hormigas. Alguien vomita. Yo le ofrezco mi hombro para que no se desplome sobre el muerto. Enciendo un cigarro. Seguimos caminando.

sábado, 26 de julio de 2008


Enciendo la luz. La apago. La sombra continúa.

No se escucha pero sé que ella está riendo. Revolcándose de la risa sin que sus movimientos excedan su contorno oscuro al verme así: con los ojos como tirados hacia atrás del cuerpo y la piel erizada mientras arrojo otra hoja del calendario al bote de basura. Una hoja grande con números gordos y azules. Se burla de mi absurdo intento de pasar página tras página repitiendo los mismos movimientos, las mismas letras cansadas, buscando respuestas a las mismas preguntas.

No hay forma de responder. Es imposible rebatir el lado pesimista de algo. Imagino la cantidad de oportunidades de distracción distinta existen al otro lado de la puerta que me separa del mundo. Voy a la cocina por una bebida caliente y con una sorda lentitud me preparo para ir a la cama, que aguarda inmóvil con las cenizas de sueños enjutos.

La pereza y la indiferencia aplastan la voz que sugiere levantarme de la cama e ir con alguien a tomar un café. Prefiero que la noche de este sábado sea el espejo de los anteriores y me duermo sabiendo que al día siguiente el periódico traerá noticias que antes eran impresionantes y hoy sólo forman una capa más en el bagazo de realidad que se apila y envejece junto a la lavadora.

viernes, 20 de junio de 2008

La gruta


<¿Cuánto tiempo nos queda?> Preguntó mientras yo descubría que el agua sobrepasaba su pecho. Respondí. El agua seguía cayendo desde la parte superior de la gruta, en medio de su cuerpo y del mío. Su caudal abría una brecha transparente y enorme. Límpida. Tal vez bella. El agua era el arma hermosísima que nos condenaba. Todo tema de conversación era ridículo ante la muerte cercana que hacía sonar su cuerno, en forma de un caudal pasivo que caía sobre nosotros. La oscuridad daba un brillo misterioso a sus ojos.

Dentro de mí, sabía que su rostro en realidad no existía. A lo lejos se escuchaba un fondo musical tenue. El agua seguía cayendo. Ahora sobre su cabeza pues había adelantado su rostro de forma furtiva. Su rostro. Ahora yo también sentía hambre y ella gritaba desolada, desde la garganta de aquella oscuridad inmune. El ruido era ensordecedor. Daba completa fe de la más desgraciada desolación. A penas y se lograba escuchar el piano. ¿Piano? Sí, sonaba un piano que tocaba solo a pesar de que la gruta estaba inmensa en el más desierto rincón de un lugar siniestro. O fuera de él. El piano tocaba solo entre la oscuridad y el agua. Ya había dejado de tener miedo y sentí sus labios húmedos tocar los míos. Ella no existía. No existe.

El caudal se hizo más fuerte. Sentí hambre, recuerdo el hambre y el frío. Es el recuerdo más vivo de aquella gruta insomne. El agua le llegaba hasta el cuello y se volvió a escuchar el sonido del piano que toca en medio de la nada. Reconocí: Schumann. Ahora el agua era roja y subía sobre su mentón con rapidez. Nada se lograba ver en aquel infierno pequeño pintado del color de su sangre. Tenía que ser Schumann.