lunes, 9 de enero de 2012
Último viernes, Elena Salamanca
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Música rara, XVII
jueves, 8 de diciembre de 2011
Radiografías (René Morales Hernández, 2010)
Imagen: Revista Luna Park
sábado, 12 de noviembre de 2011
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
sábado, 27 de agosto de 2011
Los demonios de Urbina (piezas sueltas)

3.
Aquí están los locos, quemándose
sin que sus gritos se escuchen como la voz
que clamó en el desierto de los locos.
Aquí están los locos diciendo lo que ellos
no escucharon. Aquí el calendario
con números rojos señalando la fecha
en que descenderá Dios
para martillar los clavos de las cruces
que lloverán sobre los últimos días.
Aquí estamos sólo gritando por el
fuego de la demencia que nos une. Baja, Dios:
el infierno está vacío.
9.
Los elefantes despejan el camino que conduce al acantilado.
Los sigue con los ojos vendados. La canción se pierde entre el estrépito y el miedo.
Recuerda que ninguna palabra es suficiente para interrumpir el camino de las hormigas
que devoran al incauto que envejeció sin salirse del pasto caníbal.
Alto, grita y la muerte le duele tanto menos.
Entonces recuerda los pasos de ella tras los elefantes del primer hombre marchando hacia el acantilado.
Tranquilo. Dios nunca volverá a destruir estas tierras.
En cambio, crecerá asfalto.
Flores de concreto y mujeres falsas.
Hombres plásticos. Jardines llenos de falos enormes de cristal y hormigo.
“Edificios de mil ventanas se alzarán resplandecientes”
Ese será su infierno.
10.
No nos hemos arrodillado ante el abismo
por temor a Dios. El abismo nos llama
porque estamos solos y los caballos
atraviesan furiosos un campo plano.
No. El abismo no es nuestro padre
sino nuestro único destino fiel. Nuestra palabra
despojada de los murmullos de los hombres.
El abismo no es nuestro padre
sino nuestro único amante.
Imagen: The Flatiron, Edward Steichen
sábado, 13 de agosto de 2011
Un día fuiste otra Magdalena
Un día fuiste otra Magdalena. Estuviste entre mis brazos que dormían y te llamé por un nombre que no es tuyo. Te dije Magda y hoy no recuerdo cómo te llamas pero se atraviesa en la vida una mujer y un niño dentro de mí se estremece: ella es Magdalena. Magda viendo la luna. Una vez pensé en eso aunque jamás existió luna ni ángel para celebrar tu silencio entre nosotros. Sólo tu risa existía en este valle coronado por la espuma y la miel que saboreamos de la angustia. Sólo tu risa poblaba el silencio con que yo respondía ante el mundo como un ladrón que roba la paz que no puede pertenecerle. Sólo tu risa de Magdalena en este valle de lágrimas y silencio.
domingo, 31 de julio de 2011
domingo, 3 de julio de 2011
Sólo una vez sentí el frío del invierno

Sólo una vez sentí el frío del invierno sin mácula. Caminaba de regreso a mi infancia y ahí estaba. Con la sonrisa blanca con que saludaba a los viajeros noctámbulos y desamparados. Así era como él se vengaba de la noche desierta. De la distancia recorrida sin paz ni hijos ni mujer y llegaba, primero tenue. Luego como agujas enterrándose en los párpados a recordar el pasado. Como un ejercicio siniestro en el que se juega a perder. Sólo una vez sentí el frío del invierno.
Imagen tomada de Los sueños de Akira Kurosawa
domingo, 10 de abril de 2011
Cartas
con la televisión encendida frente a él.
Entonces no comprendía
que el viejo era un retrato. Una profecía generosa
de lo que podría suceder. Mi primer encuentro con el miedo
pasó cuando encendí el ordenador y abrí el solitario. Entonces
tenía catorce años, y mis miedos eran otros.
Tuve miedos fabulosos cuando niño.
Imaginaba selvas color sepia con arenas movedizas
y buitres negros que devoraban vivos a los hombres.
Entonces el viejo era real y la tele ya no existe.
Tampoco sé si la casa en la que estaba existe aún.
Lo que sé ahora es
que la vejez puede ganarle días a la muerte con un póquer de reyes
viernes, 8 de abril de 2011
Texto 2
Bien, aquí de nuevo. Computador encendido. Mente dispersa. Mil cosas que escribir por obligación. Nada respetable. Atención a las ventanas de facebook, messenger, un cerebro en llamas, sin algo que valga la pena. Las energías están agotadas. Ocho horas son suficientes para matar cualquier cosa creativa. Cualquier feto de idea de veintitrés años. La juventud pasa rápido. Nueve horas. Diez horas. Once horas y media de trabajar en nada. Qué pienso: pienso lo que hace ahora gente conocida. Pienso que debo escribir un ensayo sobre una obra de teatro que únicamente leí. Pienso en que hoy la biblioteca no resulta tan atractiva. Pienso que varias veces ha sucedido lo mismo, por el trabajo y la televisión. Pienso que el cerebro se embrutece, con distracciones cada vez más vergonzosas. Pienso en que lo que más vale la pena en la vida es aquello que la destruye. Pienso en Thomas Mann, no sé por qué. Pienso que, a veces, camino con Hans Castorp hacia el hospital de tuberculosos para ver pasar la vida, inconsciente del tiempo. Del futuro. De lo que se desperdicia sin literatura. De lo que se desperdicia con literatura. Si dejara de pensar sería más fácil. Cioran no atormentaría como una máscara infernal por la ventana, advirtiendo que toda vida es inútil y malvada. También saldría con más chicas, y me dormiría más rápido en las noches. Pero no, el cerebro está en llamas, viendo como se apaga el fuego. Caminando hacia un hospital de tuberculosos de principios de siglo. Resignado camina hacia un patíbulo hecho con madera. Cuatro paredes. Una laptop. Cigarrillos. Una tumba. Una hoja vacía.


