sábado, 14 de enero de 2023

Una trinchera de sal para la memoria que se va

[Prólogo al libro Reminiscencias de Carmen Tocay]

Carlos Gerardo

Raras veces nos preguntamos de quién es la memoria. 

Reminiscencias, de Carmen Tocay, es un libro escrito desde la angustia de una memoria que se deteriora. El relato se revela como una trinchera: primera línea de defensa contra el olvido. “El tiempo me disipa”, afirma la narradora con un tono ambivalente entre la tranquilidad y la resignación. La memoria como una realidad vulnerable revive aquella vieja paradoja platónica sobre la escritura: ¿es el veneno o el remedio de la memoria? 

El libro está organizado en cuatro partes: Recuerdos del olvido, Otras vidasConfinamiento Desamores. De las cuatro, son las primeras dos en las que la autora mejor consigue el efecto de inquietud epifánica de los microrrelatos. El estilo hace una mezcla entre los recursos este género, pero también incluye recursos emparentados con la máxima, el aforismo y el palimpsesto. En ocasiones, cierra con líneas no del todo conclusivas que provocan una sensación de inquietud, que está a penas por salir del corral farragoso de la incertidumbre. El lector o la lectora, entonces, descubre la posibilidad de quedarse encerrado para siempre, cercado ante la amenaza de la incomprensión a menos que descubra la astucia de una alegoría. Otros, por su parte, nos acercan a una realidad profundamente dolorosa en la que es la propia memoria deteriorada la que no es comprendida. Estos textos calan profundamente en tanto que encienden una alerta próxima: el común destino de la memoria y la imaginación es ser olvidados. Y no hay una organización para el olvido. No somos nosotros los dueños de la decisión sobre lo que olvidamos. 

Muchos de los microrrelatos de Recuerdos del olvido logran retratar, de una manera demasiado precisa, la angustia de una memoria que se desmorona poco a poco, día con día, año con año. Tal es el caso del cuento Autorretrato del olvido. En este sentido, el título del libro representa un acierto deslumbrante: reminiscencia como el acto que parte de una huella, que requiere de un tiempo para desarmar el tiempo y encontrar el pasado como un milagro.  

Los cuentos de la sección titulada Otras vidas juegan con la posibilidad de la memoria después de la muerte para artistas de otras épocas: Ludwig van Beethoven, Edgar Allan Poe, Vincent van Gogh… y a propósito de la mención de Beethoven, hay que decir algo de la intensidad sonora de los microrrelatos del libro, pues en muchos, la música que acompaña la narración se vuelve un elemento determinante del sentido de los textos. Una restricción propia del género es que no admite palabras sobrantes; de ahí que la mención de determinados tonos o compositores aluda específicamente a estados de ánimo u acontecimientos relevantes incluso para dar sentido a la obra. 

La sección titulada Confinamiento obedece, según sospecho, a la necesidad de la autora de dar cuenta de un momento presente. Un contexto en el que la memoria es el encierro, pero también la puerta de escape a otras historias y otras vidas. La sección titulada Desamores nos transporta a un universo en el que la memoria se convierte en la materia primigenia de los procesos de duelo y desamor. 

El libro de Carmen Tocay es una exploración muy entusiasta por el género del microrrelato que nos enfrenta ante el destino común de la memoria y la imaginación: un destino solo equiparable con la muerte, con la huella que se ha borrado y que por tanto, deja de ser huella. Muchos de sus textos nos recuerdan que la memoria también puede ser una cárcel de barrotes difusos; y no sabemos si los barrotes son olvido o son recuerdo. La autora se nos presenta con una confianza ya ganada –una confianza que solo puede proceder del auténtico amor por la literatura–, y con una primera obra para que el lector o la lectora descubran el interés por su promesa. Porque toda primera obra es un compromiso en el que se juega uno la vida. En algún momento, Agustín hizo referencia a los “palacios de la memoria”; hoy que tengo el honor de prologar esta obra, solo espero que disfruten de estos viajes hacia esos palacios, en visitas breves. Memorias que, en su brevedad, nos dejan la sensación de disgregarse en el aire, como estrellas fugaces. 

sábado, 7 de enero de 2023

Escribir como la espuma: Combustión espontánea de Javier Flores

 


[Prólogo al poemario publicado por Sión en 2022]

¿Cuándo ocurre el poema? 

A lo mejor en el momento en que se activa la imaginación de quien lo escribe. También es posible que ocurra en el momento en que alguien lo lee. Quizás ocurra en el secreto que olvidamos del sueño, y luchamos por recordar hasta que el poema nos lo revela. A lo mejor –nos sugiere Javier– el poema ocurra en la danza de la espuma en las playas, ahí donde está ocurriendo siempre. Quien escribe hace suya la labor de la arena, y deja que el más leve gesto, el más minúsculo movimiento del mundo, escriba sobre ella. 

Los poemas de Combustión espontánea se presentan con una voz que surge de la mesura. Desde la paciencia lúcida de quien «está escuchando siempre», con el oído atento al lenguaje. La primera parte del libro, Tempestades, nos encuentra con un conjunto de poemas sobre la escritura misma, sobre la actitud del poeta frente al lenguaje. Es una aproximación a este inexplicable proceso que hace que un gesto se convierta en poema. 

Muchos textos dan noticia de la desesperanza ante la incertidumbre. Los poemas de la segunda parte del libro, Un cielo en llamas, nos confrontan ante la aridez del panorama que enfrenta la poesía en el presente. Se lee con tristeza sobre la falta de posibilidades, la agonía de los sueños. En ese sentido, contrasta el tono siempre tranquilo de la enunciación con las características de los tiempos que los poemas describen. El poema se sostiene con dignidad en la inmediatez, la violencia y el tablayeso de los cubículos del call center.  No cede. Encuentra su fortaleza en la quietud y la sobriedad. 

La tercera parte del poemario, Parpadeos frente al abismo, reúne un conjunto de poemas que dan noticia de un proceso de maduración. El desdén y la dignidad con que el joven poeta se separa de las ceremonias de la juventud, y se abre a la vida en los pequeños gozos de la madurez. Muchos de estos poemas están escritos desde la intimidad. Muchos hablan de amor. Un amor que es capaz de salvar al mundo, desde la perspectiva planteada por el poeta que es capaz de verlo a los ojos y nombrarlo con honestidad y corazón. La última parte del libro de alguna manera retoma muchos de los temas anteriores, desde una reflexión sobre la identidad y la nostalgia por un pasado adolescente que va perdiéndose. 

 

«Escribir es un oficio de personas solitarias/que observan a otras personas solitarias», nos dice en uno de sus poemas. Y me pregunto si no será la soledad uno de los símbolos más angustiantes de nuestro tiempo. 

Como epígrafe, Javier ha colocado un fragmento de El guardador de rebaños, el único libro concluido de Alberto Caeiro, que nos remite a aquella poesía bucólica, que surge de la contemplación sosegada de un cuerpo tendido sobre el campo, mientras el rebaño de ovejas pasta. Esta referencia, me parece, dialoga con uno de los versos del libro: «A veces pienso que nací/con la disposición de cuidar/las palabras». Javier escribe como quien espera que un árbol crezca, como quien lo mira día con día, y se contenta con cada nuevo brote, con cada nueva promesa de verdor. 

Combustión espontánea de Javier Flores nos recuerda ese ejercicio de buceo –aunque no hayamos buceado nunca– en lo cotidiano. Hay muchos poemas que están muy cerca del ejercicio de la contemplación y la meditación. También surge de una ruta de lecturas definida. Identifico, por ejemplo, un precedente en la poesía de Vania Vargas, pero también veo un ejercicio de lectura de otros poetas como Gabriel Woltke, Marco Antonio Flores, Otto René Castillo… incluso se observan juegos de intertextualidad con Ida Vitale y Pound, a quienes también cita en los epígrafes. 

Sobre todo, se trata, me parece, de un primer texto de madurez.

Javier es un poeta joven, y agradezco la confianza que ha tenido para que escriba este prólogo porque es una invitación para conversar.  Me parece que pertenece a una generación que ha estado a la deriva de muchas cosas: la icertidumbre, la esperanza, los proyectos políticos en la posmodernidad precaria de nuestros países, la tormenta cotidiana de las redes sociales, el vórtice infinito de las opiniones. Por eso, me agrada la acción de nombrarse desde la ternura, ausente como tema en mucha de la poesía que de las últimas décadas en Guatemala. Un gesto de ternura es también un gesto de esperanza en la realidad en que vivimos. Percibo con este libro los indicios de un cambio generacional, con poemas que reconocen la agencia en la vulnerabilidad y en los gestos cotidianos del amor. Además de celebrar su valentía, me parece algo necesario para comenzar a pensarnos personas, antes de pensarnos poetas; y para incinerar los sueños narcisistas con que la modernidad revistió el oficio de la escritura.

Junto con Javier, veo un buen grupo de poetas y artistas jóvenes sin miedo a sostener diálogos desde la horizontalidad. No los nombro porque estoy seguro de que no les conozco lo suficiente, pero el hecho de que estén ahí, confiando en la poesía, llena mi corazón de esperanza. Antes que hablar del ideal de ser escritor o poeta, creo que Javier escribe con un profundo sentido de pertenencia a un grupo de personas: desde la honestidad y la comunidad. Escribe desde la convivencia fraterna y desde la complicidad de lo íntimo. Porque solo desde ahí, solo desde esos espacios es posible resistir contra la violenta dictadura del presente y su prisa. Porque también ahí ocurre el poema. Porque también ahí –y sobre todo ahí– está ocurriendo siempre.

Retomar los blogs

Hace once años que dejé de alimentar este blog. Me parece que la decisión coincide temporalmente con el debilitamiento de los blogs como práctica cultural casi generalizada en el campo literario. Era alegre leernos por aquí, estar pendientes, seguirnos, comentarnos, conocernos, ir dejando registros de nuestros gustos, nuestras lecturas. 

Voy a ir publicando en este espacio algunos escritos sobre libros que he comentado, prologado o presentado. Es un gesto mínimo de gratitud, me parece, con las autoras y los autores que han confiado en  mi lectura.

No creo retomar la práctica del blog personal, ahora que han sido desplazados casi en su totalidad por las redes sociales. Sin embargo, es un gesto poético el de habitar la memoria. Así que dejé intactos los ejercicios de infancia o adolescencia poética literaria que datan de un periodo comprendido entre 2008 y 2012. 

jueves, 21 de junio de 2012

Mundo animal - El cariño de los tontos


La extraña conciencia de la naturaleza como un ente en cambio permanente. La lucidez de la transformación del cuerpo en aves, vacas, alimento. La percepción de la materia como un ente fijo, que sólo sufre transformaciones a través de una misma conciencia. De esto tratan los textos Mundo animal. Un libro de relatos fantásticos reeditado por la editorial Adriana Hidalgo en un volumen junto con la novela corta El cariño de los tontos.
La historia es famosa, pero fragmentada y no sé si miento: Bolaño había ganado el tercer lugar en un certamen de relato y Di Benedetto el primero. La experiencia le sirvió a Bolaño para darse cuenta de la nulidad del futuro económico que ofrecía el quehacer literario. Luego, mantuvieron una relación postal de donde salió Sensisni, el primer relato que compone el libro Llamadas telefónicas.
Di Benedetto nació en 1922. Una década prodigiosa y decisiva para el desarrollo de la narrativa argentina. Década en la que se publicaron, en 1926, dos textos que marcarían el rumbo con dos formas diferentes de ver la literatura: El juguete rabioso de Roberto Arlt y Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Bolaño decía que había tres líneas vigentes de la literatura argentina: la de Roberto Arlt, cuyo profeta y fundador de su iglesia sería Ricardo Piglia; la de Borges, que trascendió hacia la universalidad; y la de Lamborghini, que define como la literatura de la crueldad, el espanto, el miedo. Así, la llamada ‘narrativa pampeana’ (término acuñado por Borges al referirse a Don Segundo Sombra) de autores como Benito Lynch , Héctor Heandi  y Enrique Larreta, que descendía de la literatura gauchesca y luego del realismo criollista; tendría su cenit y culminación en Güiraldes.
Durante su adolescencia, Di Benedetto leería a Borges, como modelo. Y a autores hispanoamericanos que ya gozaban de la calidad de clásicos, como Horacio Quiroga. Quien haya leído los relatos de Kafka no podrá negar que existe una relación directa entre ellos y los relatos de Mundo animal. Exceptuando el relato Mariposas de Koch cuyo argumento difiere de los otros por su limpieza y por la ausencia de transformaciones fantásticas e inexplicables. Este relato, junto con el primer relato incluido en El cariño de los tontos podrían ser considerados manifestaciones tempranas del realismo mágico hispanoamericano.
Mundo animal es, por otra parte, el primer libro publicado por Di Benedetto. El inicio de su carrera coincide con el inicio de la carrera de Julio Cortázar, que publicó Bestiario, su primer libro de relatos, en 1951. Ser un escritor de relatos en la época de Cortázar, con la universalidad de Europa como un centro de concentración cultural y vivir el proceso de gestación del boom debió haber sido difícil para cualquier escritor. Sin embargo, Cortázar representa otra línea narrativa y cualquier tipo de comparación, además de estar contaminada por la enorme estridencia que tuvo el boom, no es válida. Así, Di Benedetto es heredero de la línea borgiana y kafkiana.
Los quince relatos agrupados en Mundo animal podrían considerarse fantásticos. La conciencia narradora es muchas veces confusa, que construye un argumento sobre hechos inexplicables. La definición estructural que se hace de lo fantástico es la duda de si sucedió o no sucedió, duda que existe en el narrador transmitida al lector, a través de hechos que no tienen una explicación lógica.
Así, a pesar de no ser tan conocido en el resto de Hispanoamérica, Di Benedetto es un enorme cuentista y enorme escritor. La editorial Adriana Hidalgo se ha dado al rescate de su obra y con esta labor, podemos encontrar una pieza que no conocíamos tanto de la literatura hispanoamericana. Quién es uno para decir si es una pieza clave, o fundamental, o todo eso que dicen. Lo que es cierto es que su lectura la disfrutan quienes gusten de leer relatos. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Crónicas para sentimentales - Jacinta Escudos.


Escribir algo sobre Crónicas para sentimentales de Jacinta Escudos. Comenzar con algo irrelevante, como decir que lo compré junto con Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Terminé primero el de Bradbury. Definitivamente, me gusta más la portada del libro de Escudos. Dentro del libro hay relatos. Crónicas. Acontecimientos personales de hombres o mujeres. ¿Por qué no hablar mejor de Bradbury? No lo sé, no estoy seguro, pero tal vez porque todo mundo conoce a Bradbury y todos han leído Fahrenheit, en lenguaje figurado. Tal vez porque no sea nadie para hablar de Bradbury. Tampoco soy alguien para hablar de Jacinta Escudos, pero me parece más fácil hablar de ella. Más cómodo. La conocen menos personas, así, si me equivoco, menos gente se dará cuenta.

En ambos libros coincide en el título la palabra crónicas. Hermosa palabra que se refiere al tiempo. Al dios Cronos, que devoró a sus hijos. A la decadencia paulatina de las cosas. Bradbury la utiliza en el título porque se refiere a un evento importante en la historia dentro de la ficción. La colonización de Marte (que es nieto de Cronos, vaya coincidencia). Y a los documentos que registran esos eventos se les suele llamar crónicas.
En el libro de Jacinta Escudos, la palabra crónicas tiene otra connotación, una más íntima. Está relacionado con la historia personal de personajes. Hombres y mujeres… sentimentales. Comparten la soledad, la tristeza, la tendencia de quedarse callados en medio de una conversación, como los sentimentales; y el miedo a que el dios Cronos termine de devorarlos por completo. Sobre todo eso. La resistencia secreta a envejecer. El miedo a perder algo que no saben que poseen. Cuya pertenencia radica precisamente en no comprender bien de qué se trata. Son personas comunes y corrientes, pero especiales dentro de su normalidad. Son personas que seguramente pueden llorar por una mala mirada, por el sentimiento de culpa. Son, en resumen, sensibles. Sentimentales.

Tal vez, en el fondo, por eso Jacinta Escudos escribió Crónicas para sentimentales. Tal vez también fue por eso que Bradbury escribió Crónicas marcianas y Fahrenheit 451. Tal vez, muy en el fondo, por eso es que todos escribimos. Porque tenemos miedo a que el tiempo pase, y se acabe y no hagamos nada.

Imagen: Crónicas para sentimentales y Crónicas marcianas. Al fondo: Saturno devorando a uno de sus hijos, de Goya.

jueves, 19 de abril de 2012

Intro 3 de la música


Esta música suena cuando el hijo recoge sus ojos del concreto. Del precipicio de concreto en el que camina sobre un puente angosto. Y su voz suena desde dentro de la carne infértil. Desde dentro del dibujo dormido de las mariposas tatuadas en sus nalgas. Asomando su aliento, su respiración en medio del estrépito de un mar que se ahoga. Dentro de la memoria difusa del humo que sale de su boca luego de coger en el último lugar del mapa. “Padre, perdóname porque sé lo que hago” y lo sabe cuando alza las manos pidiendo vida, más vida y redención y en sus manos escribe el rostro de los enamorados que morirán a su espalda. Se bajaron del automóvil y entraron al hotel Fuga. Vete, le dice mientras sostiene el cristal roto de la copa en sus manos. Nunca supo el nombre del silencio con que aparecía en sueños difusos dentro de su vientre, pero iba con ellos. “No hay que mezclar el sentimentalismo con el sexo” Maldito Burroughs, piensa. Malditos todos los escritores del mundo. Su hijo muere antes de conocer la piel del infierno. 

jueves, 29 de marzo de 2012

Wislawa Szymborska


"Los sueños vergonzosos son obra de Satanás.
Mi alma es tan cierta como el hueso de una ciruela".
Wislawa Szymborska

Tristeza. Un mes después, me entero de la muerte de Wislawa Szymborska. Miento. No es tristeza. Es más consternación, desengaño, no sé, algo así. La poeta que trató de redimirnos. Como un tonto, al saber de su muerte me puse a leer de nuevo un libro suyo.  Comparto con ustedes la ingenuidad que pudo haberme llevado a esa lectura y transcribo algunos de los poemas incluidos en la antología Paisaje con grano de arena (Lumen, 2005).

Notas de una expedición no realizada al Himalaya

Así, pues, esto es el Himalaya.
Montañas corriendo hacia la luna.
El instante del despegue detenido
en un cielo rasgado.
Un desierto de nubes lleno de agujeros.
Un golpe en la nada.
El eco: un mudo blanco.
Silencio.

Yeti, abajo es miércoles,
hay abecedario y pan,
dos y dos son cuatro,
la nieve se funde.
Hay una manzana roja
partida en cuatro.

Yeti, entre nosotros
no sólo existe el crimen.
Yeti, no todas las palabras
condenan a muerte.

Heredamos la esperanza,
regalo del olvido.
Verás cómo entre ruinas
parimos niños.

Yeti, tenemos a Shakespeare.
Yeti, tocamos el violín.
Yeti, al anochecer
prendemos la luz.

Aquí, ni luna ni tierra,
y se congelan las lágrimas.
¡Oh, Yeti, casi hombre de la luna,
piénsalo y vuelve!

Así dije, a gritos, al Yeti
entre las cuatro paredes de avalanchas,
y para entrar en calor pateaba
en la nieve,
en la eterna.

El álbum

Nadie en mi familia murió de amor.
Romances sí hubo, no cosa seria.
¿Tísicos Romeos? ¿Julietas con difteria?
No. Alcanzaron la vejez en flor.
¡Ni uno murió de cartas sin respuesta,
con letra por lágrimas borrosa!
Llegaban vecinos, traje de fiesta,
con anteojos, levita y una rosa.
Nadie se asfixió dentro de un armario
por huir de maridos de sus amantes.
Faralaes, mantillas ni volantes
echaron a nadie de la foto por falsario.
¡Cuán lejos sus almas del infierno del Bosco!
Sus pistolas no defendían amores furtivos.
(Morían a balazos, mas por otros motivos,
en el frente, en un catre bien tosco).
Ni la bella, la del moño vistoso,
con ojeras como de bacanal,
partió a vela en pos de un joven fogoso
por el mar de su hemorragia cerebral.
Antes del daguerrotipo quizás hubo amor de veras,
pero no en las fotos de mi familia.
Los días tenían tempo de vigilia
y ellos morían de gripe o de paperas.

Fotografía: http://www.guardian.co.uk/

viernes, 2 de marzo de 2012

Intro de la música


La ciudad llorará por ti, nunca pudo sobrevivir sin tu rostro, y yo escribiré, por fin, el largo poema sin dedicatoria que prometí hacer el día que tu cuerpo pobló las calles que hoy se marchitan. Todos caminarán hacia un lugar imposible y no sospecharán que la música que guía sus pasos es la misma que el olvido les escupe desde la piel del abismo. Sobre nuestras frentes se dibujarán todas las posibilidades felices con que dios nunca coronó nuestras súplicas. Y el infierno y el cielo y Dante mismo llorarán por ti y yo saldré descalzo a preguntar tu nombre a las avenidas del centro. Responderá el eco de los poemas tontos que te escribí. Responderá el filo ensangrentado con que corté el cuello de mi cordura. Responderán los ojos rojos de un niño que clava una flecha envenenada en el corazón de su padre. Responderá el rostro y el vestido y el precio de un maniquí que me recuerda tu ausencia desde un anaquel con demasiado pasado. Y yo estaré solo sobre una ciudad sin lágrimas ni silencio. Con la absurda valentía de quien se lo ha perdido casi todo pero que aún no se va y decide descubrir cuál es el fondo del inútil abismo. Yo estaré arrepintiéndome de saltar, al último momento. Masturbándome en los baños públicos con lágrimas austeras en el rostro. Deseando la caída de los ángeles y la muerte de los mendigos. Sin arriesgarme demasiado. Sin perder la ruta correcta hacia la tumba.

1.

Abrir esa ventana
Para que en la calle se escuche esta música
Y la gente, confundida, tire piedras contra la noche
Y se confunda la noche y la tinta con que escribo
Y derramen ambas lucidez sobre mi sangre.
Entonces el caos necesitará de un dios
Pero dentro de mí sólo podré encontrar la oscuridad
Caerán los cuerpos junto con las piedras
Y se apagarán todas las velas de fuego humano.
Cuando todo acabe
habrá silencio y el loco pensará
“La ira de Dios ha terminado”
Un rumor maligno se cernirá sobre las cabezas
Y dibujará signos malditos con la ceniza humana.
Las calles serán un pentagrama.
El loco no sabe la diferencia entre la música
Y la sangre de las notas sobre el concreto.
La música será lo único cierto:
La tragedia del principio y del final.


Imagen: Los mendigos, Pieter Brueghel.

miércoles, 25 de enero de 2012

Extrañando a Kissinger, Etgar Keret


Bolaño ya había escrito y conversado sobre lo absurdo de la esperanza de perdurar cuando se habla de literatura. Las intenciones de hacerlo deben morir, junto con otras regiones del ego, cuando se pretende ser escritor. Esta muerte del amor propio, o digámoslo mejor: del amor por la obra propia, es el primer momento de la génesis poética para Bloom, quien decía que si la tradición literaria universal representa un paraíso, el poeta debe de caer del cielo y descender hacia el infierno. Pero sobre todo, debe darse cuenta de que está en el infierno, y tratar de superar a Satanás.
Pensé todo eso a raíz de que en la contratapa de Extrañando a Kissinger, el comentarista afirma que “Etgar Keret promete ser uno de esos escritores entrañables que perdurarán a lo largo de los tiempos”. Hacer una afirmación de este tipo es jugar con fuego, pero no jugar con carteritas de fósforos o juegos artificiales, sino jugar con lanzallamas con el piso cubierto de gasolina. Lo que más escalofríos da es eso de ‘a lo largo de los tiempos’.
A pesar de este comentario, el texto, que es el primero que leo de Keret, es admirable. La construcción de sus relatos no deja espacio para la meditación sobre su trama. Las acciones se construyen en el cerebro del lector sin ninguna reflexión, y son contundentes. No dejan espacio para pensar sino cuando el relato ha terminado. Su primer afán es sorprender, confundir, poner a pensar. Y lo logra de forma magistral. Luego, de esa masa caótica que espera ser comprendida en la memoria inmediata, comienzan a salir imágenes violentas y aterradoras.
Keret pone a la luz, de frente, sin ninguna barrera, las confrontaciones morales. Confrontaciones de las que sin importar quién gane, siempre pierde la dignidad. Cuya desvalorización es una constante en el transcurso de la historia reciente.
La reducción del relato no es un asunto nuevo. De hecho, podríamos pensar en autores como Kafka (que definitivamente perdurará, ya lo hizo) o Svevo (que no lo hará, ya ha sido olvidado). Con el testimonio que se reúne en Extrañando a Kissinger (título que hace pensar en Beckett), considero que Keret es un maestro del género en la actualidad. En relatos de una página o dos, el autor es capaz de confrontar tramas y hacerlas converger en un tema determinado. Sus personajes actúan guiados por una conciencia interna compleja, que sólo podemos intuir en base a la información que el narrador accede a darnos. En Extrañando a Kissinger aparece un ángel impostor que muere al caer empujado desde un quinto piso y es incapaz de volar. Aparece un limpiaombligos. Un mago que sin saber cómo explicárselo, saca de su sombrero un conejo decapitado y el cadáver de un bebé. Dos niños que buscan bajo tierra huevos de dinosaurio, para empollarlos y tener su dinosaurio personal para ir al colegio. Una novia que le pide a su amante el corazón de su madre como prueba de amor.
Algunos relatos están construidos con los recuerdos de una infancia demasiado lúcida, pero inocente. Algunos otros están construidos sobre temas muy actuales, como el conflicto árabe-israelí, pero desde la perspectiva más confusa de la conciencia. Y algunos son verdaderas obras maestras, como Buenas intenciones y Mi hermano está deprimido. El primero se adentra en las reflexiones de un asesino a sueldo, a quien se le pide matar a un premio Nobel de la paz que lo había salvado del infierno, cuando era niño. El otro trata sobre un conflicto personal narrado en primera persona, por el hermano de un estudiante frustrado.
Etgar Keret, nacido en Tel Aviv en 1967, ofrece, con Extrañando a Kissinger, una obra maestra del relato corto contemporáneo. Definitivamente no sé si perdurará o no. El placer de la literatura es fugaz, como los relatos de Keret, y él lo sabe. Sabe que ha caído del cielo y por eso la calidad de sus textos refleja el esfuerzo asiduo de la escritura.

Keret, Etgar (2006). Extrañando a Kissinger. Editorial sexto piso, México DF. Trad. de Ana María Bejarano.

martes, 17 de enero de 2012

dos poemas


1.

Quisiera poder atravesar el pecho con las uñas y sacar de mí esta enfermedad.
Arrojarla como una masa desastrosa sobre la página blanca.
Y decir: “Esto es todo lo que tengo por ofrecer”
“Esta página con la calamidad caótica de mi espíritu”.

2.

Espero la “poética resurrección de las cenizas”
Y los labios de ella.
Esta tarde sólo existe la música.
Imagen:

Hieronymus Bosch (El Bosco). La extracción de la piedra de locura. Siglo XV.

lunes, 9 de enero de 2012

Último viernes, Elena Salamanca


Los relatos reunidos en Último viernes de Elena Salamanca están construidos sobre un hecho real. Un momento con una terrible carga de realidad dentro un contexto que parece más bien surrealista. El resultado es la misma distorsión a la que apostaban los pintores expresionistas. Los tres primeros relatos, agrupados en la sección ‘Última época’ son eso: cuadros surrealistas que intensifican un detalle. El fragmento de una realidad visto con lupa. Un acontecimiento crucial, capaz de cambiar una vida. 
Los tres primeros relatos son también los mejor logrados técnicamente. Las digresiones narrativas y de puntos de vista agilizan el desarrollo de los acontecimientos. Hacen que los hechos sean conocidos dentro de un plano cerebral oscuro, intuitivo. En ellos, la distancia es crucial. La distancia que establecen los personajes respecto al mundo como un hecho trivial. Ajeno a sus conciencias.
El relato que titula el libro narra la situación de una mujer que vive en una pobreza extrema. Tan extrema que ha perdido su capacidad reproducirse. Es estéril, como la tierra del pueblo en el que vive. Su esposo la ha abandonado por emigrar hacia la capital. Uno logra observar a la muerte, tanto de la narradora como de la tierra sobre la que vende refrescos, mientras la visita un hombre en un carro negro y enorme que llega a presenciar la procesión del Santo Entierro. Ese ritual que celebra la muerte siempre los últimos viernes del mundo.
El segundo relato, Certezas de él, presenta a una mujer que peregrina por la insistencia de su pareja de un médico a otro. Tras una interminable serie de exámenes clínicos que no logran concluir nada, ella insistía en lo que tenía era un hombre. Una enfermedad que sólo fue capaz de curar ella misma en el plano idealizado del relato. 
Es agradable encontrar un buen libro de relatos por mero azar. Más si se trata de un libro de relatos como Último viernes: escrito con toda la fuerza y la energía de una juventud inconforme. Un libro escrito con esfuerzo y tiempo. 
Salamanca, Elena (2008). Último viernes. Concultura, San Salvador.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Música rara, XVII


Recuerdo o imagino a Leopoldo María Panero sentado sobre la lluvia
O sobre un corcel de plata. Seguramente en un sueño.
Disparando contra la cordura y los milagros.
Esa vez, Panero me pregunta si sé qué es la verdad. Le
Respondo que las únicas verdades que existen
Son la certeza del pensamiento y la muerte.
Te daré una lección sobre la verdad, me dice. Y atravesamos
Un espacio plano con un poco de llano crecido sobre el manto del suelo.
En el fondo no pienso en ninguna cosa.
Sólo veo las patas del caballo machucar la yerba
Y atravesar como una bala el campo ancho y grande.
Luego entramos a una casa con un jardín lleno de esculturas.
En el centro hay un tigre precolombino.
Es enorme.  Nos bajamos del caballo justo enfrente de él
Y Panero saca un revólver de su saco. Luego apunta contra el tigre
Y comienza a disparar como un verdadero poeta.
Como un poeta que no es ni español, ni francés ni norteamericano.
Un poeta simplemente, nacido entre las convulsiones de un mundo
Que sufre un paro cardiaco. Los disparos se estrellan en la roca
Y hacen agujeros enormes. Como si fueran pequeños misiles de artillería.
Entramos a la casa que en realidad es una cueva con una mesa
En medio de la sala. Sin espacio para sentarse.
Tengo miedo de hablar, él se sirve un vaso de Coca cola.
“Debo irme ahora”, logro decirle. Él no responde
Yo salgo corriendo. Cruzo la puerta que da al jardín confuso
Donde ya no existe ningún tigre. En su lugar hay un bulto de ripio
y de piedras hechas pedazos.
(Tampoco tú existes en el jardín).
Me arrodillo a buscar entre los escombros
y descubro mi rostro entre las piedras.

Imagen: Leopoldo María Panero

jueves, 8 de diciembre de 2011

Radiografías (René Morales Hernández, 2010)


La vocación de quedarse contra la de irse. La vocación de estar cerca y sentirse otro. De temer al extraño que existe cuando se está solo: la conciencia del otro. Ese que no conocemos. El que tenemos la oportunidad de crear en los sitios donde nadie nos conoce. Cuando la geografía más cercana desaparece y sólo queda el fondo: lo que no se puede ver sino a través de una lectura en rayos X de la presencia. El afán por la permanencia de un personaje que no pertenece a ningún sitio. El influjo de un espacio gris que respira la miseria de los días solitarios en lugares desconocidos.  
Radiografías de René Morales Hernández es el retrato de un viajero fragmentado en los sitios. Un libro de terror e insomnio: está plagado de bestias sibilantes o una sola. Un solo animal endémico que desfallece en su ira, en su impotencia, en su angustia. En la derrota de la furia a manos de la ciudad que no duerme.  Es el retrato del lado doloroso y oscuro de lugares tan difusos como el imaginario mismo. La debacle del mundo a través de la contemplación de las horas amargas de las madrugadas de ciudades sin fe. La respiración jadeante de las calles cuando el habitante de la noche comienza a arrepentirse de sus debilidades.
Hay la cordura de un grito desesperado. La plegaria de un alma que cae hacia el vacío mientras se da cuenta de que nadie la escucha. El poeta camina por las estaciones del metro, espera en las paradas de bus, en los parques, los aeropuertos, las barriadas marginales. Siempre con valor. Sin esperanza.

René Morales Hernández (2010). Radiografías. catafixia editorial. colección latina.
Imagen: Revista Luna Park

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?


Sueñan los androides con ovejas eléctricas es una novela terriblemente triste.  Es la visión caótica de la degradación humana: luego de haber enfrentado una Guerra Mundial Terminal, la gente juega a sobrevivir en lo que queda de un planeta destruido. La certeza de la extinción de la especie se vuelve una forma cotidiana de vida. Una vida como un arácnido con la mitad de sus patas amputadas, que suplica a los androides la oportunidad de vivir.

 Quienes se quedaron en la tierra y no emigraron a Marte construyen su cotidianidad dentro una farsa: su ciudad, su trabajo, su religión: su existencia. En esa realidad, el androide es la consciencia del otro: el más pragmático de los sustitutos de lo humano. Al igual que el maniquí y el espantapájaros, el androide tiene esa inquietante actitud de inconsciencia condenatoria.

En este contexto, Rick Deckart es un cazador de bonificaciones: un policía que se dedica a matar androides “ilegales” en su distrito, para cobrar una recompensa.

Desde la interrogante del título, la obra supone la asimilación del otro. El cuestionamiento surge como un discurso apologético que justifica la existencia del ser humano con su capacidad de soñar. Pero, ¿sueñan también ellos? Uno de los capítulos que mejor representa esta pregunta es la escena en la que Rick Deckart tiene relaciones sexuales con Rachael Rosen: la androide que finalmente mata a la cabra nubia de Rick. Símbolo de la carcajada con la que lo artificial celebra su victoria sobre lo humano.
La posesión de animales en el futuro de Dick es un indicador del nivel socioeconómico de las personas. El anhela de alimentar a un perro real, a una vaca, a un insecto. Además de ostentar un indicador de clase, esa es la forma en la que los humanos manifiestan su entonces patético aprecio a la vida.

sábado, 27 de agosto de 2011

Los demonios de Urbina (piezas sueltas)

3.

Aquí están los locos, quemándose

sin que sus gritos se escuchen como la voz

que clamó en el desierto de los locos.

Aquí están los locos diciendo lo que ellos

no escucharon. Aquí el calendario

con números rojos señalando la fecha

en que descenderá Dios

para martillar los clavos de las cruces

que lloverán sobre los últimos días.

Aquí estamos sólo gritando por el

fuego de la demencia que nos une. Baja, Dios:

el infierno está vacío.

9.

Los elefantes despejan el camino que conduce al acantilado.

Los sigue con los ojos vendados. La canción se pierde entre el estrépito y el miedo.

Recuerda que ninguna palabra es suficiente para interrumpir el camino de las hormigas

que devoran al incauto que envejeció sin salirse del pasto caníbal.

Alto, grita y la muerte le duele tanto menos.

Entonces recuerda los pasos de ella tras los elefantes del primer hombre marchando hacia el acantilado.

Tranquilo. Dios nunca volverá a destruir estas tierras.

En cambio, crecerá asfalto.

Flores de concreto y mujeres falsas.

Hombres plásticos. Jardines llenos de falos enormes de cristal y hormigo.

“Edificios de mil ventanas se alzarán resplandecientes”

Ese será su infierno.


10.

No nos hemos arrodillado ante el abismo

por temor a Dios. El abismo nos llama

porque estamos solos y los caballos

atraviesan furiosos un campo plano.

No. El abismo no es nuestro padre

sino nuestro único destino fiel. Nuestra palabra

despojada de los murmullos de los hombres.

El abismo no es nuestro padre

sino nuestro único amante.

Imagen: The Flatiron, Edward Steichen

sábado, 13 de agosto de 2011

Un día fuiste otra Magdalena

Un día fuiste otra Magdalena. Estuviste entre mis brazos que dormían y te llamé por un nombre que no es tuyo. Te dije Magda y hoy no recuerdo cómo te llamas pero se atraviesa en la vida una mujer y un niño dentro de mí se estremece: ella es Magdalena. Magda viendo la luna. Una vez pensé en eso aunque jamás existió luna ni ángel para celebrar tu silencio entre nosotros. Sólo tu risa existía en este valle coronado por la espuma y la miel que saboreamos de la angustia. Sólo tu risa poblaba el silencio con que yo respondía ante el mundo como un ladrón que roba la paz que no puede pertenecerle. Sólo tu risa de Magdalena en este valle de lágrimas y silencio.

domingo, 31 de julio de 2011

Madre, algún día me esperarás azul sobre los últimos inviernos de esta ciudad maldita, y yo me habré ido. Entonces el sol tendrá más fuerza para quemar los recuerdos felices de la infancia y sus labios, con el ímpetu de un corcel enorme, servirán para borrar otras promesas.
Imagen: Edward Steichen

domingo, 3 de julio de 2011

Sólo una vez sentí el frío del invierno

Sólo una vez sentí el frío del invierno sin mácula. Caminaba de regreso a mi infancia y ahí estaba. Con la sonrisa blanca con que saludaba a los viajeros noctámbulos y desamparados. Así era como él se vengaba de la noche desierta. De la distancia recorrida sin paz ni hijos ni mujer y llegaba, primero tenue. Luego como agujas enterrándose en los párpados a recordar el pasado. Como un ejercicio siniestro en el que se juega a perder. Sólo una vez sentí el frío del invierno.

Imagen tomada de Los sueños de Akira Kurosawa

domingo, 10 de abril de 2011

Cartas

De mi infancia recuerdo a un viejo jugando cartas
con la televisión encendida frente a él.
Entonces no comprendía
que el viejo era un retrato. Una profecía generosa
de lo que podría suceder. Mi primer encuentro con el miedo
pasó cuando encendí el ordenador y abrí el solitario. Entonces
tenía catorce años, y mis miedos eran otros.

Tuve miedos fabulosos cuando niño.
Imaginaba selvas color sepia con arenas movedizas
y buitres negros que devoraban vivos a los hombres.
Entonces el viejo era real y la tele ya no existe.
Tampoco sé si la casa en la que estaba existe aún.
Lo que sé ahora es
que la vejez puede ganarle días a la muerte con un póquer de reyes

viernes, 8 de abril de 2011

Texto 2

Bien, aquí de nuevo. Computador encendido. Mente dispersa. Mil cosas que escribir por obligación. Nada respetable. Atención a las ventanas de facebook, messenger, un cerebro en llamas, sin algo que valga la pena. Las energías están agotadas. Ocho horas son suficientes para matar cualquier cosa creativa. Cualquier feto de idea de veintitrés años. La juventud pasa rápido. Nueve horas. Diez horas. Once horas y media de trabajar en nada. Qué pienso: pienso lo que hace ahora gente conocida. Pienso que debo escribir un ensayo sobre una obra de teatro que únicamente leí. Pienso en que hoy la biblioteca no resulta tan atractiva. Pienso que varias veces ha sucedido lo mismo, por el trabajo y la televisión. Pienso que el cerebro se embrutece, con distracciones cada vez más vergonzosas. Pienso en que lo que más vale la pena en la vida es aquello que la destruye. Pienso en Thomas Mann, no sé por qué. Pienso que, a veces, camino con Hans Castorp hacia el hospital de tuberculosos para ver pasar la vida, inconsciente del tiempo. Del futuro. De lo que se desperdicia sin literatura. De lo que se desperdicia con literatura. Si dejara de pensar sería más fácil. Cioran no atormentaría como una máscara infernal por la ventana, advirtiendo que toda vida es inútil y malvada. También saldría con más chicas, y me dormiría más rápido en las noches. Pero no, el cerebro está en llamas, viendo como se apaga el fuego. Caminando hacia un hospital de tuberculosos de principios de siglo. Resignado camina hacia un patíbulo hecho con madera. Cuatro paredes. Una laptop. Cigarrillos. Una tumba. Una hoja vacía.