miércoles, 21 de diciembre de 2011
Música rara, XVII
jueves, 8 de diciembre de 2011
Radiografías (René Morales Hernández, 2010)
Imagen: Revista Luna Park
sábado, 12 de noviembre de 2011
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
sábado, 27 de agosto de 2011
Los demonios de Urbina (piezas sueltas)

3.
Aquí están los locos, quemándose
sin que sus gritos se escuchen como la voz
que clamó en el desierto de los locos.
Aquí están los locos diciendo lo que ellos
no escucharon. Aquí el calendario
con números rojos señalando la fecha
en que descenderá Dios
para martillar los clavos de las cruces
que lloverán sobre los últimos días.
Aquí estamos sólo gritando por el
fuego de la demencia que nos une. Baja, Dios:
el infierno está vacío.
9.
Los elefantes despejan el camino que conduce al acantilado.
Los sigue con los ojos vendados. La canción se pierde entre el estrépito y el miedo.
Recuerda que ninguna palabra es suficiente para interrumpir el camino de las hormigas
que devoran al incauto que envejeció sin salirse del pasto caníbal.
Alto, grita y la muerte le duele tanto menos.
Entonces recuerda los pasos de ella tras los elefantes del primer hombre marchando hacia el acantilado.
Tranquilo. Dios nunca volverá a destruir estas tierras.
En cambio, crecerá asfalto.
Flores de concreto y mujeres falsas.
Hombres plásticos. Jardines llenos de falos enormes de cristal y hormigo.
“Edificios de mil ventanas se alzarán resplandecientes”
Ese será su infierno.
10.
No nos hemos arrodillado ante el abismo
por temor a Dios. El abismo nos llama
porque estamos solos y los caballos
atraviesan furiosos un campo plano.
No. El abismo no es nuestro padre
sino nuestro único destino fiel. Nuestra palabra
despojada de los murmullos de los hombres.
El abismo no es nuestro padre
sino nuestro único amante.
Imagen: The Flatiron, Edward Steichen
sábado, 13 de agosto de 2011
Un día fuiste otra Magdalena
Un día fuiste otra Magdalena. Estuviste entre mis brazos que dormían y te llamé por un nombre que no es tuyo. Te dije Magda y hoy no recuerdo cómo te llamas pero se atraviesa en la vida una mujer y un niño dentro de mí se estremece: ella es Magdalena. Magda viendo la luna. Una vez pensé en eso aunque jamás existió luna ni ángel para celebrar tu silencio entre nosotros. Sólo tu risa existía en este valle coronado por la espuma y la miel que saboreamos de la angustia. Sólo tu risa poblaba el silencio con que yo respondía ante el mundo como un ladrón que roba la paz que no puede pertenecerle. Sólo tu risa de Magdalena en este valle de lágrimas y silencio.
domingo, 31 de julio de 2011
domingo, 3 de julio de 2011
Sólo una vez sentí el frío del invierno

Sólo una vez sentí el frío del invierno sin mácula. Caminaba de regreso a mi infancia y ahí estaba. Con la sonrisa blanca con que saludaba a los viajeros noctámbulos y desamparados. Así era como él se vengaba de la noche desierta. De la distancia recorrida sin paz ni hijos ni mujer y llegaba, primero tenue. Luego como agujas enterrándose en los párpados a recordar el pasado. Como un ejercicio siniestro en el que se juega a perder. Sólo una vez sentí el frío del invierno.
Imagen tomada de Los sueños de Akira Kurosawa
domingo, 10 de abril de 2011
Cartas
con la televisión encendida frente a él.
Entonces no comprendía
que el viejo era un retrato. Una profecía generosa
de lo que podría suceder. Mi primer encuentro con el miedo
pasó cuando encendí el ordenador y abrí el solitario. Entonces
tenía catorce años, y mis miedos eran otros.
Tuve miedos fabulosos cuando niño.
Imaginaba selvas color sepia con arenas movedizas
y buitres negros que devoraban vivos a los hombres.
Entonces el viejo era real y la tele ya no existe.
Tampoco sé si la casa en la que estaba existe aún.
Lo que sé ahora es
que la vejez puede ganarle días a la muerte con un póquer de reyes
viernes, 8 de abril de 2011
Texto 2
Bien, aquí de nuevo. Computador encendido. Mente dispersa. Mil cosas que escribir por obligación. Nada respetable. Atención a las ventanas de facebook, messenger, un cerebro en llamas, sin algo que valga la pena. Las energías están agotadas. Ocho horas son suficientes para matar cualquier cosa creativa. Cualquier feto de idea de veintitrés años. La juventud pasa rápido. Nueve horas. Diez horas. Once horas y media de trabajar en nada. Qué pienso: pienso lo que hace ahora gente conocida. Pienso que debo escribir un ensayo sobre una obra de teatro que únicamente leí. Pienso en que hoy la biblioteca no resulta tan atractiva. Pienso que varias veces ha sucedido lo mismo, por el trabajo y la televisión. Pienso que el cerebro se embrutece, con distracciones cada vez más vergonzosas. Pienso en que lo que más vale la pena en la vida es aquello que la destruye. Pienso en Thomas Mann, no sé por qué. Pienso que, a veces, camino con Hans Castorp hacia el hospital de tuberculosos para ver pasar la vida, inconsciente del tiempo. Del futuro. De lo que se desperdicia sin literatura. De lo que se desperdicia con literatura. Si dejara de pensar sería más fácil. Cioran no atormentaría como una máscara infernal por la ventana, advirtiendo que toda vida es inútil y malvada. También saldría con más chicas, y me dormiría más rápido en las noches. Pero no, el cerebro está en llamas, viendo como se apaga el fuego. Caminando hacia un hospital de tuberculosos de principios de siglo. Resignado camina hacia un patíbulo hecho con madera. Cuatro paredes. Una laptop. Cigarrillos. Una tumba. Una hoja vacía.
domingo, 3 de abril de 2011

1.
No recuerdo para qué vine. En realidad no sé dónde estoy. Por qué estoy en esta habitación de paredes blancas, sin ningún cuadro colgando sobre las paredes. No recuerdo que alguna vez se haya abierto la única puerta que hay. No sé que hay afuera, aunque seguramente yo entre por ahí. Tuve que haber entrado de alguna manera. Seguramente entré buscando la vida o huyendo de ella. Puede que voluntariamente, o que alguien más me haya forzado a hacerlo. Aquí no hay nada. Sólo hay un arma que está colgando del techo. Cuelga de una cuerda justo al centro de la habitación, pero no puedo alcanzarla. No podría hacerlo incluso si estuviera de pie.
2.
Duermo y despierto con el ojo del revólver viéndome, acusándome de algo.
3.
Sería hermoso asomar la cabeza por una ventana y presenciar el espectáculo del mundo, pero no hay ventanas. Siempre me gustó la pintura. Eso sí lo recuerdo. Recuerdo que antes de venir aquí me gustaban los cuadros. Incluso recuerdo que tenía instrumentos para pintar. Acuarelas, óleos, pinceles. Pero me cuesta trabajo recordar más. Tal vez si hubiera una ventana aparecería El jardín de las delicias, y yo estaría a punto de entrar en la obra. En el límite de la realidad y el arte. Sólo sé que soy ahora, aunque no estoy seguro de si esto es la realidad. Tengo nociones vagas de ella, pero no es esto. Estoy seguro. Sí, recuerdo ese cuadro, aunque sólo eso. No logro recordar algo más.
4.
Es de día. Lo intuyo. No estoy seguro del todo, pero acabo de despertar. Hoy recuerdo un poco más. Tengo impresiones vagas de lo que fue antes. De lo que puede existir fuera de aquí. Recuerdo que escondía un arma en algún sitio. Un revólver como el que ahora me apunta cada vez que abro los ojos. Eso es importante, pues lo escondía de alguien. Existía la posibilidad de que una persona lo encontrara, y yo no lo deseaba. Huía de esa posibilidad con temor. Me pregunto dónde estará ahora. No es el revólver que me apunta ahora.
5.
También recuerdo cosas que dije sobre algo. Conforme pasa el tiempo, mi memoria se va haciendo más sólida. Pareciera recobrar objetos perdidos. Recuerdo que un día dije: “no quiero ver el rostro del infierno”, pero no recuerdo por qué. Es una frase arbitraria, casi absurda, pero apareció en alguna conversación y se grabó en mi memoria con especial solidez. Hoy la he descubierto. También recuerdo que una vez aconsejé a alguien. A una mujer. Conozco su rostro, pero no sé de quién se trata. Recuerdo que le dije que tenía que preocuparse más por sí misma. No sé por qué le dije eso, y no tiene importancia. Pero tengo su rostro presente, a pesar de que siempre es difícil recordar rostros. Un rostro siempre es difícil de recordar, no importa lo que digan. Tenía los labios finos, los ojos grandes, arqueaba las cejas cuando hablaba. Reía mucho. Siempre estaba riendo.
6.
No lo había notado, pero el revólver ha bajado de su altura inicial. La cuerda no tiene amarras. No me lo explico. Ahora puedo pararme y me faltaría sólo un par de pies para alcanzarlo. No entiendo. ¿Será posible que alguien venga y cambie la cuerda mientras duermo?
7.
Esta vez mi sueño no fue tranquilo. Hasta ahora no había soñado con nada. Pero en esta ocasión, mi cerebro ya estaba listo, y se dispuso a soñar. Es curioso: no es posible soñar sin recuerdos. Seguramente los recuerdos que vi en el sueño no son conscientes. Los iré recuperando como hasta hoy he ido recuperando partes de mi memoria. Mi sueño no fue un sueño agradable. Estaba en otro lugar. En otra habitación adonde sí había ventanas. Yo estaba acostado y por la ventana entraron dos personas. No podía ver el rostro de ninguno de los dos. Usaban gabardinas largas y tenían la cara cubierta. Querían asesinarme. Yo no podía moverme, no sé por qué razón. Permanecí acostado y uno de ellos comenzó a levantar el velo que le cubría el rostro. El sueño me hizo recordar la sensación de tranquilidad de despertar y la angustia de morir. Siempre he temido morir. Ahora veo la angustia de la muerte como algo lejano. Como un objeto humano. No sé qué pasa. Comienzo a pensar que algo anda mal.
8.
Casi llego a alcanzar el revólver con las manos. No quiero ponerme en pie. Esperaré a que llegue hasta mí.
Imagen: My bed, Tracey Emin
domingo, 20 de marzo de 2011
fragmento de La caída turca
A Ramón se le ve por las noches recibir clases de Alemán los martes y los jueves, o acostado, escuchando música clásica en un sillón rosa frente a su cama, o sentado en las filas de en medio del teatro de Bellas Artes, mirando a Laura Almenábar. Raras veces toma. En el sentido estricto de la palabra, podría decirse que no tiene amigos. Por lo demás no puede quejarse. Trabaja como corrector de estilo en un matutino y está a punto de licenciarse en letras. El dinero le alcanza para vivir eventualmente y eventualmente comprar libros. Presta clásicos de la biblioteca de la universidad o los compra usados en librerías del centro. Le gustaría leer más. Vive en una pensión que queda cerca del trabajo. Regresa tarde a ver televisión o a leer. Está solo. Soporta las noches. Los viernes va al teatro, a emocionarse cuando Laura interpreta un papel nuevo. Todas las noches la imagina sin ropa. No imagina su cuerpo, sino su rostro cuando está desnuda. La imagina riendo. La imagina salvándola de algo, de un precipicio, del fuego, de un hombre grande y malo. De varios hombres grandes y malos. De la muerte. Está seguro de conocerla aunque no sepa dónde vive ni qué perfume usa. Está seguro de querer ser escritor. Nunca enferma. Al menos no de nada serio. Conoce a Laura Almenábar a través de Pirandello, de Poncela, de Buero Vallejo. La recuerda sobre todo por La casa de Bernarda Alba. El mejor papel que ha interpretado, a su criterio.
Recibe correos de su padre. Sobre todo cuando necesita dinero. Su padre está más jodido de plata. Eventualmente le responde. Su madre, en cambio, lo llama los domingos con puntualidad menstrual. A él no le molesta. Se siente bien de vivir solo.
Hay momentos en los que piensa que sólo el arte podría salvar al mundo. Piensa en la grasa escurriendo de las hamburguesas de plataforma. En el imperio del fast-food y la moda mientras escucha un tango. Entonces, ese tango le parece hermoso. Todo lo demás le parece absurdo. “Mezcla de rabia, de dolor, de fe de ausencia”. Sabe que la literatura se percibe con dificultad. Que la calidad literaria es un criterio universal mezclado con los prejuicios y con el juicio subjetivo del receptor. Pero hay algo que la diferencia. Existe algo que la hace diferente.
¿Dónde estás, Laura Almenábar? El mundo comienza a caer sin que haya historias que contar. Nunca no es una hermosa palabra. Nunca le hablé. Nunca la toqué. Nunca la vi desnuda. Se fue sin que fuera la época en la que acostumbraba irse de vacaciones. Los días nunca habían sido tan grises. La vida es una mala novela. “It is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing". Eso es todo. La vida es una historia contada por un idiota. Por eso se fue Laura. Los días pasan sin prisa en las letras del periódico que debo leer. Laura Almenábar: una mujer hermosa que se va sin despedirse. Recuerda que tu muerte es más valiosa. Pesa más que ti. Podrán olvidarte, pero si sabes morir, no te olvidarán jamás. Nadie te olvidará con una muerte hermosa. Antes debes dejar cien palabras. No más, ni menos. Sólo debes escribir cien palabras o repetir cien veces una palabra que valga la pena. Nada: nada es una palabra que podría valer. Ahora escribo las líneas que dejaré antes de morir. Me dan ganas de llorar, pero nadie sabrá si lloré o si no. Nadie lloraría al dejar esta triste e inútil guerra. Mejor aún, una muerte respetable dejando las piezas sueltas de un rompecabezas: la colección de las entradas al teatro, ordenadas por fecha. Un diario con un último texto lapidario. Novelas sin terminar. Un blog que nadie leía. Poemas dispersos. Ver a un escritor morir cifrando sus esperanzas en su obra es tan decepcionante y común. No quiero buscarla porque nunca la tuve ni la tendré. Quiero que el mundo me recuerde diciendo, preguntando: ¿dónde estás, Laura Almenábar?
Eventualmente visitaba gente conocida. Aunque nunca se preocupaban demasiado por él. Era un lector insoportable y eso aturdía a la gente que lo rodeaba. Sobre todo cuando sus interlocutores también eran lectores.
miércoles, 23 de febrero de 2011


viernes, 11 de febrero de 2011
“Respirar y dejar de respirar”
Jorge Teillier
Y está parado en mitad de la calle como la víctima promedio del tráfico.
Uno siente, a veces, tristeza por el desprecio de un desconocido.
Sale y la calle es más sola que la casa.
Recibe clases de inglés. Paga deudas. Compra cosas.
Piensa en la posibilidad de las ventanas
del mundo que se retuerce sonriente tras la puerta.
Recibe la lluvia, se embriaga, come carne.
Uno respira. Sólo eso. Y deja de respirar cualquier día opaco
o soleado si eso importara.
Uno se despide cuando ve a la vida alejarse sobre trenes rápidos
por la madrugada.
Uno no habla: envejece y muere en silencio, como un árbol.
domingo, 23 de enero de 2011
